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Cerebros en modo zapping: por qué ya no podemos concentrarnos

En este artículo

Abrís un libro. Leés el primer párrafo. Llegás al final sin tener la menor idea de qué decía. Volvés a empezar. Esta vez conseguís avanzar dos páginas antes de recordar que tenías que responder un mensaje. Agarrás el celular solamente para hacer eso. Nada más.

Doce minutos después sabés qué desayunó una persona que no conocés, viste un video de un perro que aparentemente habla portugués y descubriste por qué una pareja famosa decidió separarse.

El mensaje sigue sin respuesta.

El libro también.

Entonces aparece el diagnóstico:

  • “No tengo voluntad”.
  • “Ya no me da la cabeza”.
  • “No puedo concentrarme”.

Quizás el problema no sea que perdimos la capacidad de prestar atención. Quizás llevamos demasiado tiempo entrenándola para hacer exactamente lo contrario.

Pasamos de un video de quince segundos a otro, respondemos mensajes mientras trabajamos, miramos una serie con el teléfono en la mano y abrimos una nueva pestaña cada vez que una idea tarda más de lo esperado en aparecer.

Después pretendemos sentarnos a leer durante una hora con la serenidad de un monje. Y nos sorprende que el cerebro no haya recibido el memo.

¿En qué momento leer cinco páginas se convirtió en una hazaña?

Leer siempre exigió un esfuerzo. También estudiar, escribir, escuchar una explicación larga o resolver un problema que no ofrece una recompensa inmediata.

Lo que cambió es la cantidad de estímulos que ahora compiten con esas actividades. Un libro puede ser interesante. Pero no cambia de argumento cada quince segundos, no enciende una luz roja para recordarnos que existe ni conoce nuestros gustos lo suficiente como para ofrecernos exactamente aquello que podría impedir que lo cerremos.

La atención vive rodeada de invitaciones.

  • Un mensaje.
  • Un correo.
  • Una noticia.
  • Una oferta que termina en ocho minutos y, por algún motivo, parece comprometer seriamente nuestro futuro.

No hace falta responder a todas. Alcanza con saber que están ahí.

La posibilidad de una novedad puede ser suficiente para interrumpir lo que estamos haciendo, incluso cuando el teléfono no suena. Por eso muchas veces lo miramos sin que haya ocurrido nada. No respondemos a una notificación. Vamos a comprobar si quizás el universo se olvidó de enviarnos una.

No nos falta voluntad: nos sobra interrupción

Culpamos a la voluntad porque parece una explicación sencilla.

Si no logramos concentrarnos, asumimos que somos indisciplinados, vagos o incapaces de organizarnos.

Pero la atención no depende solamente de cuánto deseamos hacer algo.

También depende del entorno en el que intentamos hacerlo y de los hábitos que repetimos durante el día.

Si cada momento de espera se llena con una pantalla, empezamos a perder familiaridad con la pausa. Si cambiamos de estímulo apenas algo nos aburre, la incomodidad se convierte en una señal para escapar. Si interrumpimos una tarea cada dos minutos, volver a ella exige reconstruir una y otra vez dónde estábamos, qué estábamos pensando y qué queríamos hacer.

La mente no está rota. Está acostumbrada al cambio.

Y aquello que practicamos se vuelve más fácil de repetir.

El problema cultural no es solamente que consumimos contenidos breves. Un video corto puede divertirnos, enseñarnos algo o despertar una idea.

El problema aparece cuando todo empieza a necesitar la misma velocidad para conservar nuestro interés.

  • Una explicación parece larga.
  • Una película parece lenta.
  • Una conversación tiene demasiados silencios.
  • Un texto de cuatro páginas merece, aparentemente, un resumen de seis líneas.

No dejamos de ser capaces de prestar atención.

Empezamos a considerar insoportable todo lo que tarda en recompensarnos.

¿Multitarea o muchas tareas mal hechas al mismo tiempo?

Respondemos un correo durante una reunión. Escuchamos un audio mientras leemos un documento. Ayudamos con una tarea escolar mientras revisamos mensajes de trabajo.

Y al final del día sentimos que estuvimos ocupados durante doce horas sin haber terminado nada del todo.

Lo llamamos multitarea porque “interrumpirme constantemente y cometer errores en varios frentes” resulta menos atractivo para el currículum.

En muchas actividades complejas, el cerebro no hace todo al mismo tiempo. Cambia rápidamente de un foco a otro. Cada salto parece pequeño. Pero volver tiene un costo.

Hay que recordar la idea, recuperar el contexto y reconstruir la concentración que acabábamos de abandonar.

Por eso podemos terminar el día agotados sin haber realizado un gran esfuerzo físico ni haber profundizado demasiado en una sola tarea.

No siempre nos cansa lo que hacemos. A veces nos cansa la cantidad de veces que dejamos de hacerlo y tuvimos que volver a empezar.

El zapping continúa después de apagar la pantalla

El efecto no termina cuando guardamos el teléfono.

Podemos sentarnos frente a un libro y sentir el impulso de cambiar de actividad antes de terminar una página. Podemos intentar estudiar y, de repente, considerar urgente ordenar un cajón que ignoramos durante tres años. Podemos abrir un documento de trabajo y descubrir que este es, sin ninguna duda, el momento indicado para investigar qué clima habrá dentro de dos semanas.

No necesariamente queremos hacer esas cosas. Queremos escapar de la incomodidad de permanecer.

La concentración profunda suele tener una entrada poco glamorosa. Al principio cuesta. La mente protesta.

Aparecen pendientes que hasta ese momento no parecían importantes. Recordamos mensajes, compras y preguntas que necesitan una respuesta inmediata, aunque hayan logrado sobrevivir perfectamente sin ella durante meses.

Ese momento no demuestra que no podemos concentrarnos.

Es el momento exacto en el que estamos decidiendo si volvemos a entrenar la atención o repetimos el hábito de escapar.

¿Qué aprenden los chicos cuando nunca nos ven aburridos?

Esta dificultad no afecta solamente a los adultos.

Los chicos también crecen rodeados de contenidos que cambian rápidamente y dispositivos capaces de intervenir ante cualquier señal de aburrimiento.

Pero sería demasiado cómodo hablar de “esta generación” como si nosotros observáramos el fenómeno desde una biblioteca, leyendo en silencio y completamente libres de notificaciones.

Les pedimos que hagan la tarea mientras nosotros revisamos mensajes. Les explicamos que deben aprender a aburrirse, pero sacamos el celular en cuanto una fila avanza más lento de lo esperado. Nos preocupa que no terminen un libro mientras miramos una serie con una segunda pantalla en la mano.

Los chicos aprenden de los límites que establecemos. También aprenden de aquello que nos ven hacer cuando nadie nos obliga.

Si cada pausa adulta se llena automáticamente con una pantalla, el mensaje es bastante claro: no hacer nada es una emergencia y hay que resolverla cuanto antes.

El aburrimiento, sin embargo, no siempre es un problema.

A veces es el espacio que necesita la mente para recordar, asociar ideas, imaginar y descubrir qué hacer sin que una aplicación lo decida.

No se trata de idealizar tardes eternas mirando el techo.

Se trata de no intervenir inmediatamente cada vez que aparece un segundo vacío.

¿Se puede recuperar la concentración?

Sí, pero no mediante una transformación épica que empieza un lunes, incluye levantarse a las cinco de la mañana y termina el miércoles con nosotros mirando videos sobre cómo ser más disciplinados.

La atención se recupera de la misma manera en que se fragmentó: mediante pequeñas repeticiones.

No hace falta retirarse a una montaña sin señal. Hace falta crear momentos en los que permanecer resulte un poco más fácil que escapar.

Alejar el teléfono de verdad

Dejarlo boca abajo al lado del libro sigue siendo dejarlo al lado del libro.

No hace falta tocarlo para que ocupe parte de nuestra atención. Alcanza con saber que podemos hacerlo.

Si queremos leer, estudiar o trabajar con profundidad, conviene dejarlo en otra habitación, dentro de un bolso o fuera del alcance inmediato.

La distancia física evita que una decisión automática se convierta en una interrupción.

Elegir una sola tarea durante un tiempo posible

No necesitamos empezar con dos horas de concentración perfecta. Podemos elegir una actividad y sostenerla durante veinte o veinticinco minutos.

  • Una sola tarea.
  • Un documento.
  • Un capítulo.
  • Un ejercicio.

Cuando aparezca el impulso de revisar otra cosa, no hace falta discutir con él ni convertirlo en una batalla moral. Podemos registrarlo y continuar.

El objetivo no es dejar de distraernos. Es aprender a volver.

Proteger algunos momentos vacíos

Esperar el ascensor. Hacer una fila. Viajar unas pocas paradas. Tomar un café sin abrir ninguna aplicación.

Son momentos pequeños, pero permiten recuperar la tolerancia a no recibir estímulos permanentemente.

Al principio pueden sentirse improductivos.

Eso también dice algo sobre la época: necesitamos justificar hasta cinco minutos mirando por una ventana.

No todo espacio vacío necesita ser aprovechado. Algunos necesitan permanecer vacíos.

Terminar algo antes de empezar otra cosa

Una conversación. Una página. Un correo. Una tarea doméstica.

Elegir acciones pequeñas y completarlas ayuda a salir de la sensación de vivir rodeados de asuntos abiertos.

No siempre podremos trabajar sin interrupciones. Pero podemos dejar de agregarlas de manera voluntaria cada vez que algo pierde novedad.

Revisar qué estamos intentando sostener

No toda dificultad para concentrarse se explica por el celular.

El cansancio, la ansiedad, el estrés, la falta de sueño, algunos problemas de salud y determinadas condiciones pueden afectar profundamente la atención.

También cuesta concentrarse en una tarea que no entendemos, que nos abruma o que intentamos realizar después de un día sin descanso.

Reentrenar hábitos puede ayudar. Culparnos por no rendir como máquinas, no.

Si la dificultad es persistente, aparece en distintos ámbitos o interfiere seriamente con la vida cotidiana, conviene consultar con un profesional para comprender qué está ocurriendo.

La atención también muestra dónde estamos viviendo

Hablar de concentración no es solamente hablar de productividad.

No queremos recuperar la atención únicamente para responder más correos, estudiar durante más horas o terminar una lista de pendientes. La necesitamos para leer algo que cambie nuestra forma de pensar. Para escuchar una conversación sin preparar la respuesta mientras la otra persona habla. Para permanecer en una actividad cuando deja de ser novedosa. Para tolerar la lentitud que requieren el aprendizaje, los vínculos y casi todo aquello que vale la pena construir.

La tecnología no es la enemiga.

El problema aparece cuando dejamos que decida la velocidad de toda nuestra vida. Podemos disfrutar los videos breves, responder mensajes y movernos entre estímulos rápidos. Pero también necesitamos conservar la posibilidad de quedarnos.

Porque una mente que solo sabe cambiar de canal puede recibir muchísima información y, aun así, no tener tiempo para comprender ninguna.

  • Nuestra atención no está rota. Quizás solo lleva demasiado tiempo siendo convocada por todo al mismo tiempo.
  • Recuperarla no consiste en concentrarnos perfectamente. Consiste en volver a elegir qué merece que nos quedemos.

Preguntas frecuentes sobre concentración y uso del celular

¿Por qué me cuesta concentrarme para leer?

Puede influir el hábito de alternar constantemente entre estímulos, pero también el cansancio, el estrés, la ansiedad o la falta de descanso. Si estamos acostumbrados a contenidos muy breves, sostener una actividad más lenta puede requerir un período de readaptación.

¿El celular reduce la capacidad de atención?

El dispositivo no afecta de la misma manera a todas las personas. El problema suele aparecer cuando las notificaciones, el cambio permanente de contenidos o el hábito de revisarlo interrumpen repetidamente actividades que requieren concentración.

¿La multitarea ayuda a ser más productivos?

En tareas simples puede resultar posible combinar acciones. Cuando ambas exigen atención, solemos alternar rápidamente entre ellas. Ese cambio constante puede aumentar la fatiga, los errores y el tiempo necesario para terminar.

¿Cómo puedo recuperar la concentración?

Conviene empezar con períodos breves dedicados a una sola tarea, reducir las interrupciones, alejar físicamente el teléfono y practicar momentos sin estímulos. El objetivo no es evitar toda distracción, sino aprender a regresar a lo que estábamos haciendo.

¿Cómo ayudar a los chicos a concentrarse?

Además de establecer límites, es importante ofrecer momentos sin pantallas, proteger el descanso, dividir las tareas extensas en bloques posibles y revisar el ejemplo adulto. Es difícil enseñar atención desde una distracción permanente.

¿Cuándo conviene consultar con un profesional?

Cuando la dificultad para concentrarse es persistente, aparece en distintos contextos, afecta el estudio, el trabajo o la vida cotidiana, o está acompañada por ansiedad intensa, alteraciones del sueño u otros síntomas que generan preocupación.